
En el centro de un lienzo, el tiempo se ha detenido y las temperas ya resecas, no brillan tanto.
Hija Iris:- Mamá! No te cansa estar así. Estoy tan cargada de tempera que apenas puedo respirar. Condenada a mantener esta postura inclinada para siempre…
Madre Iris:-Crees que lo mío es mejor? Mírame bien! Siento el vacío sobre mis hojas, me han dejado inacabada. Solo soy una mancha abstracta disolviéndose en el fondo blanco. Atrapada en una simetría que me asfixia.
Hija Iris:- Al menos a ti te miran. Aprecian tu altura a primera vista. Yo solo soy el ruido de fondo de un trazo rápido que el espectador ignora mientras te contempla a ti.
Madre Iris:- Envidias mi altura pero mi altura es mi propia cárcel. Tu tienes algo que yo perdí en cuanto la tempera se secó: el misterio del movimiento inquisitorio. Estás mezclada con el aire del cuadro. A mi me frustra estar estática en un lugar donde ni siquiera existo del todo.
Tu estás en movimiento hija. Eres el movimiento en la estática permanente de este lienzo.
(En ese momento un rayo de luz real entra por la ventana iluminando la habitación y el relieve de las pinceladas haciendo brillar todos los pigmentos)
Madre Iris:- Mira hija! La luz del sol nos toca a las dos por igual. No distingue entre nuestros trazos. No distingue en el grueso de las temperas. No distingue las alturas. No es fantástico?
Hija Iris:- Tienes razón madre. Tu altura es la que sostiene la primera mirada de este cuadro, y ahora, con la luz, el misterio de nuestras palabras engloba todo el perímetro recogiéndonos a ambas.
Madre Iris:- Así es! Sin tu misterio mi fondo no sería mas que una mancha difuminada y sin mi mancha difuminada tu te perderías en un soliloquio en el vacío. 🙂