
La mañana de domingo avanza en el mercadillo y las flores de tallo largo se amontonan en los baldes de metal o plástico, según el puesto. Hay varios puestos, los de la calle de atrás, los que dan a la ría, además de flores también venden macetas y plantas plantadas. La gente se va acercando en un orden lógico para no dejar ni un puesto sin ver. Unos van en el sentido de las agujas del reloj y otros en contra. Aún así el mercadillo de flores tiene su propio movimiento fluido en cualquier dirección. El barullo del mercado también fluctúa y entre ese trasiego también se oye un murmullo que viene directo del balde de las margaritas teñidas.
Margarita fucsia: No entiendo la prisa de los humanos, van de un lado para otro, viven tantos años y tienen tanta prisa…
Margarita amarilla: Si yo tuviera dos piernas, también iría corriendo como ellos, hay tanto que ver!
Margarita azul: (Nostálgica) Extraño los días sencillos en el campo, antes de que nos tiñeran.
Margarita naranja: El agua de este balde está helada, si no nos eligen pronto perderé mis mejores pétalos.
Margarita rosa: Si, el agua está helada pero el aire ya empieza a calentarse.
Margarita amarilla: (Intentando mantener el optimismo) Seguro que nos compra un artista para pintar un cuadro luminoso!
Margarita azul: ¿Habéis oído lo del famoso juego humano de arrancarnos los pétalos para adivinar si les quieren?
Margarita rosa: Sí, lo hemos oído todas en el invernadero, pero también hemos oído que es una conspiranoia.
Margarita azul: Ya, claro! Es difícil asumir que esos humanos que nos están mirando nos puedan mutilar y matar por un simple juego de azar amoroso!
Margarita naranja: Pero a ti, ¿que te han echado en el tinte? Esos humanos que dices deben de ser una leyenda urbana. Las flores de campo siempre andáis con esas historias de terror.
Margarita fucsia: (Tajante y enfadada porque también es de campo) Son una leyenda urbana! (Afirmando rotunda) Es de primero de catecismo. Los humanos nos quieren para decorar sus casas, para regalarnos a otros humanos, para expresar sus sentimientos, celebrar acontecimientos, homenajear a sus difuntos, estimular sus estados de ánimo, etc. Ya lo sabéis ¡ Nuestro fin es alegrarles la vida!
Margarita amarilla: Tienes razón Fucsia, amén. Azul, no sigas por ahí… Además no tienes pruebas de ese horrible juego.
Margarita azul: (Mintiendo) Cierto! No tengo ninguna prueba y sería demasiado macabro para que fuera verdad pero, si vamos a morir de todos modos , ¿que más da que nos deshojen o que nos deshojemos?
Margarita fucsia: No da igual. Vivimos en una existencia no auténtica, ajenas a nuestra finitud. No pensamos en ello. El peligro de lo horrible o de saber que eso es cierto, causaría tanto horror que afectaría a nuestro aroma y a nuestro color. Y como consecuencia no podríamos alegrar la vida a nadie.
Todas menos Azul: Amén, Amén, Amén…
Margarita amarilla: ( En su línea optimista prosiguió) Bueno, a nuestro color no afectaría, que todas somos teñidas.
Unas risotadas se esparcieron por el balde. La única que se quedó seria fue Azul, que venía del campo y sabía del juego porque lo había visto una tarde calurosa de mayo. Efectivamente no tenía pruebas ni ganas de fastidiarle la existencia a las de invernadero, aunque intuía que Fucsia lo sabía y lo escondía vete a saber porqué. Sería por aquel viejo dicho margaritas para los cerdos? Repensó las ultimas palabras de Amarilla y se alegró de estar teñida. 🙂