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A lo largo de los siglos, los habitantes de la Villa Jarrillera han inventado hermosas historias para explicar lo inexplicable. Sin embargo, la verdad, tras los mitos de Portugalete es mucho más oscura, eterna y tiene un paladar exquisito. Aquella tarde, volví a calzarme las zapatillas y aterricé en el camino del colesterol de nuevo. Estuve vigilando los edificios de la galletera y preguntándome que quién habría hecho esa pintada de SEMPITERNO. De repente, a mi espalda sonó una voz aterciopelada:-Fui yo.

Me quedé en shock.

Y la voz continuó:- No tengas miedo. Te contaré mi historia. Hace más de cien años que no hablo con nadie. Y, no, no voy a matarte. Suspiró profundo y prosiguió: -Me llamo Etiene Sagrier, llegué a Portugalete para la inauguración del Puente Bizkaia, el 28 de julio de 1893. Conocí a Alberto Palacio en París y él me puso en contacto con algunos aristócratas y burgueses con los que mantuve negocios diversos. Hubo una comida en la margen derecha en la que estuve ausente, no diré donde.Una vez finalizado el ágape se celebró una misa a bordo de la barquilla, tras la cual el sacerdote, párroco de San Nicolás de Bari, en Algorta, bendijo el Puente. La barquilla estuvo en funcionamiento hasta el anochecer ante la presión de los visitantes enfervorecidos y, por fin, pude pasar a la margen izquierda donde encontré el refugio más protegido y medieval: Los túneles del convento de Santa Clara.

Cuando la Infanta Isabel llegó días después, el 5 de Agosto, ya controlaba a las gárgolas de Santa María. Esas criaturas de piedra no eran simples adornos mitológicos. Al caer la noche, las gárgolas estiraban sus alas de granito con un crujido sordo, sobrevolando los muelles para actuar como mis ojos y mis oídos, asegurándose de que nadie merodease cerca de las entradas de los túneles. Esta red subterránea me permitía cruzar toda la villa sin que un solo rayo de sol rozase mi piel. Allí abajo, perfeccioné un vicio único. No me alimentaba de cualquiera; buscaba a los taberneros y agricultores locales que pasaban el día en las laderas de la villa, cultivando la vid rústica. Descubrí, que la sangre de los portugalujos, impregnada tras décadas de consumo del áspero y vibrante chacolí local, tenía un buqué ácido y embriagador. Mezclar el vino de las jarrillas de barro con la esencia vital de mis víctimas se convirtió en mi mayor deleite. No, no los mataba, bueno alguno murió, incluso alguno de infarto pero no los desangraba. Después de servirme un poco les hacía olvidar todo lo que habían presenciado.

Lo peor llegó el 17 de junio de 1937. El puente es dinamitado y destruido parcialmente durante la Guerra Civil Española por el bando republicano para frenar el avance de las tropas nacionales . El travesaño central se desplomó sobre la ría. Fue una época de la que prefiero no hablar, la sangre de los fascistas tenía un sabor seco, casi ceniciento, que me raspaba la garganta, tanto en un bando como en otro, el amargor de la adrenalina y el miedo, las emociones alteran la química del cuerpo. El 19 de junio de 1941, tras dos años de obras y reformas, el Puente Colgante se vuelve a reinaugurar oficialmente y vuelve a entrar en servicio.

Te voy a contar lo del secreto de la luz en las noches de galerna. Cuando el mar Cantábrico rugía y el viento azotaba con fuerza salvaje, salía a cazar al muelle. En mitad de la tormenta, la letal barra de arena de la ría amenazaba con hundir los barcos que regresaban desesperados. Para ver a mis presas entre la ceguera de la lluvia y la niebla, encendía un antiguo candil de aceite . Desde la orilla, guiaba inconscientemente a los pesqueros jarrilleros hacia el canal seguro, evitando que encallasen. ¿Por qué lo hacía? No por piedad, sino por puro instinto de conservación: si los marineros morían ahogados en el mar, me quedaría sin mi preciado suministro de sangre con sabor a chacolí. Al día siguiente, los arrantzales, conmovidos por haber salvado la vida, se arrodillaban en el puerto atribuyendo su salvación a un milagro y a una luz misteriosa enviada por la Virgen de la Guía. Me convenía enormemente que pensasen que era cosa de la Virgen. Mientras los humanos buscasen milagros en el cielo, jamás mirarían hacia las sombras del subsuelo. Bueno, ahora haré que olvides todo esto. Es hora de que te vayas a casa. Suspiró profundo caminando rumbo a Olaveaga con paso tranquilo. Y supongo que me fui a casa.

Al día siguiente encontré la grabación de todo esto en el móvil. Sigo sin recordar nada de esa tarde. Cuando voy por el paseo del colesterol no dejo de mirar la ventana de la casa de la galletera. Nada. Tal vez, haya vuelto a Portugalete o tal vez ,vague por los túneles del metro, o quizás, esté ahora mismo recorriendo los túneles de Basurto y me lo haya cruzado y no me entero.🙂